Mileto era un puerto griego importante en la costa de Asia Menor, al sur de Éfeso, cerca de la desembocadura del río Meandro. En la época del Nuevo Testamento, era conocida por su pasado próspero como una de las principales ciudades de Jonia.
La Biblia registra Mileto sobre todo por un episodio destacado. Al final del tercer viaje misionero, Pablo decidió no detenerse en Éfeso para no retrasar su llegada a Jerusalén antes de Pentecostés. En cambio, mandó llamar a los presbíteros de la iglesia de Éfeso para que se reunieran con él en Mileto.
Allí Pablo pronunció uno de los discursos más personales del Nuevo Testamento. Recordó cómo sirvió al Señor con lágrimas y pruebas, advirtió sobre falsos maestros que se levantarían entre los creyentes y encomendó la iglesia al cuidado de Dios. La escena termina con los presbíteros llorando, sin saber que nunca más volverían a ver al apóstol.
Años después, Pablo volvió a mencionar Mileto de paso. En una de sus últimas cartas, contó que tuvo que dejar allí a su compañero Trófimo, enfermo.
