Es fácil, en el día a día, conocer bien las reglas y decidir tomar un atajo, confiando en que el resultado final será el mismo. La vida de Nadab muestra lo que puede estar en juego cuando ese tipo de atajo entra en el espacio más sagrado de la fe.
Nadab era el hijo mayor de Aarón y Elisabet, hermano de Abiú, Eleazar e Itamar (Éxodo 6:23). Sobrino de Moisés, nació en Egipto, todavía bajo la esclavitud del pueblo hebreo, y vivió la liberación del Éxodo ya adulto.
Él estuvo entre el pequeño grupo que subió al monte Sinaí con Moisés, Aarón y setenta líderes de Israel, y vio, de alguna forma visible, la presencia de Dios sin ser destruido (Éxodo 24:1,9-11). Poco después, fue consagrado sacerdote junto a su padre y sus hermanos, recibiendo vestiduras sagradas para servir delante del Señor (Éxodo 28:1).
Ese acceso privilegiado, sin embargo, venía con reglas precisas. Dios había dado instrucciones detalladas sobre cómo debía ofrecerse el incienso en el tabernáculo, el santuario móvil donde Israel lo adoraba en el desierto. Nadab y Abiú eligieron usar fuego que el Señor no había autorizado (Levítico 10:1).
La respuesta fue inmediata. Salió fuego de la presencia del Señor y los consumió, y los dos murieron allí mismo, delante del altar al que debían servir (Levítico 10:2). Aarón, el padre, ante la pérdida de dos hijos en el mismo instante, permaneció en silencio (Levítico 10:3).
La historia incomoda precisamente porque Nadab no era un extraño para Dios. Él ya había visto la gloria del Señor en el Sinaí, ya vestía las ropas del sacerdocio, ya conocía de cerca lo que Dios exigía.
Aun así, la cercanía del pasado no sustituyó la obediencia exigida en el presente. Dios no se preocupa solo por la sinceridad de quien se acerca a él, sino también por la forma en que esa aproximación sucede, y la vida de Nadab le pregunta al lector si está dispuesto a adorar a Dios de la manera que Dios pide.