Toda persona ha llegado alguna vez a una bifurcación en la que los dos caminos parecían igualmente decentes, y ha elegido el más seguro. La Biblia no juzga esa elección en una sola línea, solo la registra, y deja al lector frente al mismo cruce.
Orfa era moabita, de un pueblo vecino de Israel y, con frecuencia, hostil a él (Rut 1:4). Se casó con uno de los hijos de Elimélec y Noemí, familia de Belén que se había mudado a Moab huyendo de una hambruna en Judá (Rut 1:1-4).
Después de casi diez años, la tragedia golpeó la casa tres veces. El esposo de Orfa murió, y también su suegro y su cuñado, dejando a Noemí, Orfa y Rut viudas en tierra extranjera (Rut 1:3-5).
Cuando Noemí decidió volver a Belén, Orfa y Rut siguieron con ella por el camino. A mitad de camino, la suegra se detuvo e insistió en que las dos volvieran a la casa de sus madres, donde tendrían más posibilidades de rehacer su vida (Rut 1:6-9).
Las dos lloraron y se negaron. Noemí insistió de nuevo, recordando que ya era demasiado vieja para darles otros esposos. Ante esto, Orfa lloró otra vez, besó a su suegra en despedida y volvió a su pueblo, mientras Rut permaneció (Rut 1:9-14).
Noemí entonces usó la elección de Orfa como argumento ante Rut: “Mira, tu cuñada está volviendo a su pueblo y a sus dioses. Vuélvete con ella” (Rut 1:15). A partir de ese versículo, Orfa desaparece del relato.
No hay maldición sobre su nombre, solo silencio. Ella tomó la decisión que la mayoría tomaría: volver a lo que ya conocía, un pueblo, una casa, un dios familiar. Rut eligió el camino poco común.
La diferencia entre las dos cuñadas no estaba en la intensidad del amor por Noemí, ambas lloraron y la besaron, sino en lo que hicieron con ese amor frente al costo real. La vida de Orfa le pregunta al lector qué camino ha elegido cuando el camino fiel exige más que el camino razonable.