Babilonia fue una de las ciudades más poderosas de la Antigüedad, erigida a orillas del río Éufrates, en la región hoy conocida como Irak. En la Biblia, su nombre aparece ya en Génesis, ligado a la rebelión humana contra Dios en la torre de Babel.
Siglos después, bajo el rey Nabucodonosor, Babilonia se convirtió en la capital de un imperio que conquistó Jerusalén y llevó al pueblo de Judá al cautiverio. Fue allí donde Daniel y sus tres amigos, Sadrac, Mesac y Abed Nego, vivieron como exiliados en la corte del rey pagano.
En Babilonia, Dios mostró su poder incluso en tierra extranjera. Libró a los tres jóvenes del horno en llamas, humilló el orgullo de Nabucodonosor y, en la noche de la caída de la ciudad, escribió con su propia mano la sentencia contra Belsasar.
La caída de Babilonia ante los medos y persas cumplió profecías anunciadas siglos antes y abrió el camino para el regreso de los judíos a su tierra.
Más tarde, el libro de Apocalipsis usa “Babilonia” como símbolo de todo sistema humano que se levanta contra Dios, condenado a la caída final.
La historia de Babilonia recuerda que ningún imperio, por grande que parezca, escapa al juicio de Dios, y que él permanece fiel a su pueblo aun en el exilio.
