Hay un momento, en la vida de casi todo cristiano, en que la fe pide más que palabras: pide estar delante de quien tiene poder sobre la propia vida y elegir la verdad, aun sabiendo el precio. Ese fue el momento que definió la vida de Abune Petros.
Nacido como Haile Maryam en 1882, en la región de Fiche, al norte de Adís Abeba, creció en una familia campesina y fue educado en el antiguo monasterio de Debre Libanos, centro histórico de la Iglesia Ortodoxa Etíope Tewahedo. En 1916 se hizo monje.
Reconocido por su formación y disciplina, pasó a enseñar en distintos monasterios y llegó a servir como consejero espiritual de Ras Tafari, el futuro emperador Haile Selassie. El 29 de mayo de 1929 fue consagrado obispo en Alejandría, recibiendo el nombre eclesiástico Abune Petros.
Cuando la Italia fascista invadió Etiopía en 1935, Petros acompañó al emperador al frente de batalla en el norte del país. Ante la violencia de la ocupación, incluido el uso de armas químicas contra civiles, comenzó a denunciar públicamente lo que consideraba un crimen incompatible con la fe cristiana que los invasores decían profesar.
Se negó a someter a la iglesia y al pueblo etíope al nuevo poder. El 28 de julio de 1936 se unió a las fuerzas patriotas lideradas por Aberra Kassa en un ataque a la Adís Abeba ocupada. El ataque fracasó y Petros fue capturado por las tropas italianas al día siguiente.
Antes de la ejecución, recibió una oferta: sería liberado si condenaba públicamente a los patriotas etíopes y dejaba de denunciar la invasión. Se negó. En la noche del 30 de julio de 1936 fue fusilado en una plaza pública de Adís Abeba, ante una multitud.
La Iglesia Ortodoxa Etíope lo reconoce como mártir, y un monumento en su memoria permanece en la capital hasta hoy. Su muerte se convirtió en símbolo de la resistencia etíope a la ocupación extranjera.
La vida de Abune Petros recuerda que el evangelio no pide silencio ante la injusticia, aun cuando el precio de la palabra sea la propia vida. Su fidelidad, hasta el final, sigue interpelando a quienes hoy enfrentan la tentación de callar la fe por miedo o conveniencia.