Pocos nombres están tan ligados al nacimiento de la educación teológica reformada en los Estados Unidos como Archibald Alexander. Fue el primer profesor del Seminario de Princeton y pasó casi cuarenta años formando pastores, en una época en que la iglesia debatía cómo preparar ministros sin perder ni el rigor ni el corazón.
Nacido en 1772 en el condado de Rockbridge, en Virginia, Alexander creció en una familia presbiteriana de origen escocés e irlandés. Estudió con el pastor William Graham y se convirtió en 1789, siendo aún joven, en un período de avivamiento espiritual en la región.
Ordenado en 1794, pastoreó iglesias en Virginia antes de asumir, a los 25 años, la presidencia del Hampden-Sydney College. Nueve años después, una revuelta de estudiantes lo llevó a dejar el cargo; se trasladó entonces a Filadelfia, donde pastoreó la Tercera Iglesia Presbiteriana hasta 1812.
Ese año, la Asamblea General presbiteriana fundó el Seminario Teológico de Princeton y lo invitó a ser su primer y, durante un año, único profesor. En su discurso de instalación, tomó como base Juan 5:39, “escudriñad las Escrituras”, tema que resumiría toda su vida académica.
Alexander insistía en que la erudición sin piedad produce teólogos fríos, y la piedad sin erudición produce un entusiasmo confuso. Esta convicción dio forma a la llamada Old Princeton, tradición que unió el estudio bíblico riguroso y la vida devocional, y formó discípulos como Charles Hodge.
Su trayectoria también tiene una página incómoda: como muchos de su generación en Virginia, Alexander apoyó la Sociedad Americana de Colonización, que defendía enviar a los afrodescendientes libertos a Liberia en lugar de luchar por una sociedad igualitaria. Décadas después, el propio Seminario de Princeton reconoció públicamente que se benefició de trabajo esclavo en sus primeros años.
Escribió obras de devoción y de apologética, entre ellas Thoughts on Religious Experience, además de registros biográficos de predicadores presbiterianos que vinieron antes que él. Casado con Janetta Waddel, tuvo hijos que también se convirtieron en pastores y escritores.
Murió en Princeton en 1851, a los 79 años. El modelo que dejó, de unir cabeza y corazón en la preparación de quienes sirven a la iglesia, sigue influyendo en seminarios y programas de formación misionera alrededor del mundo.