Es fácil juzgar desde lejos a quien toma decisiones equivocadas bajo presión, pero todo líder ya sintió el peso de proteger algo mayor que sí mismo, aunque eso signifique cerrar los ojos a la verdad. Caifás vivió ese peso todos los días, y la forma en que respondió a él lo convirtió en uno de los personajes más trágicos de la Biblia.
Caifás fue sumo sacerdote de Israel desde alrededor del año 18 hasta el 36 d. C., nombrado por el procurador romano Valerio Grato y mantenido en el cargo por casi dos décadas, un mandato de rara estabilidad en tiempos de dominio extranjero. Era yerno de Anás, sumo sacerdote antes que él y figura todavía influyente detrás de bastidores (Juan 18:13).
Después de que Jesús resucitó a Lázaro, Caifás reunió al Sanedrín, preocupado por la multitud que seguía a Jesús. Sin percibir el alcance de lo que decía, declaró que era mejor que un hombre muriera por el pueblo que ver destruida a toda la nación (Juan 11:49-50). A partir de aquel día, buscaron una forma de matarlo.
En la noche del arresto, Caifás presidió el juicio en su propio palacio, escuchando testigos falsos y contradictorios (Mateo 26:59-60). Cuando estos no bastaron, preguntó directamente a Jesús si él era el Cristo, el Hijo de Dios. Jesús respondió que sí, y Caifás rasgó sus propias vestiduras, gritando blasfemia (Mateo 26:63-65). El veredicto ya estaba dado antes de la pregunta.
Envió a Jesús ante Pilato, pues el Sanedrín no tenía autoridad para ejecutar a nadie (Juan 18:28-31). Años después, todavía vinculado al sumo sacerdocio, estuvo entre los líderes que interrogaron a Pedro y Juan junto a Anás, intentando acallar la predicación de la resurrección que él mismo había ayudado a provocar (Hechos 4:5-7).
Caifás pensaba estar protegiendo el templo, la nación y su propia posición. Sin saberlo, pronunció una de las frases más proféticas del Nuevo Testamento: un hombre moriría por el pueblo. Él quiso decir política; Dios quiso decir salvación. Ese es el desafío de su historia: preguntarnos si, al proteger lo que parece sagrado, no estamos, como él, resistiendo a la propia voz de Dios.