Quien canta “Hark! The Herald Angels Sing” en Navidad o “O for a Thousand Tongues to Sing” en un culto difícilmente sabe que aprendió teología de un clérigo inglés del siglo XVIII. Charles Wesley escribió miles de himnos que atravesaron siglos e idiomas, enseñando la fe cantada antes de enseñarla en libros.
Nació el 18 de diciembre de 1707 en Epworth, Inglaterra, hijo del clérigo Samuel Wesley y de Susanna Wesley, y el menor entre los hijos varones del matrimonio que sobrevivieron a la infancia. Estudió en la Westminster School, en Londres, y luego en Christ Church, Oxford, donde se destacó traduciendo poetas clásicos griegos y latinos al inglés.
En 1729, siendo aún estudiante en Oxford, reunió a algunos compañeros en un pequeño grupo dedicado al ayuno, la oración y las visitas a los presos. El rigor de la rutina le valió al grupo el apodo burlón de metodistas, término que su hermano mayor, John Wesley, adoptaría como nombre del movimiento que nacería una década después.
En 1735, Charles acompañó a John a la colonia de Georgia, en América, como secretario de asuntos indígenas del gobernador James Oglethorpe y capellán del fuerte Frederica. La misión fue breve y amarga: su rigidez desagradó a los colonos, y regresó a Inglaterra menos de un año después, enfermo y desanimado por el fracaso.
El 21 de mayo de 1738, domingo de Pentecostés, enfermo en casa de un amigo en Londres, halló la certeza de la fe que buscaba desde hacía días leyendo el comentario de Lutero sobre Gálatas. Escribió en su diario: “Ahora me hallé en paz con Dios, y me alegré en la esperanza de amar a Cristo.”
En los años siguientes, comenzó a componer himnos por millares, entre ellos “And Can It Be” y “O for a Thousand Tongues to Sing”, publicados junto con John en Hymns and Sacred Poems. A lo largo de su vida escribió más de seis mil textos, buena parte de los cuales todavía se cantan en cultos por todo el mundo.
Se casó con Sarah Gwynne en 1749, en Gales; dos de sus hijos, Charles y Samuel, se convirtieron en organistas y compositores respetados. A diferencia de John, Charles nunca dejó de considerarse sacerdote anglicano y discrepó abiertamente cuando su hermano comenzó a ordenar predicadores por cuenta propia para América, temiendo la ruptura con la Iglesia, un roce que marcó los últimos años de la relación entre ambos hermanos.
Murió el 29 de marzo de 1788, en Londres, pidiéndole al párroco que lo sepultara como miembro fiel de la Iglesia de Inglaterra. Sus himnos, sin embargo, atravesaron fronteras denominacionales: hoy siguen traducidos a decenas de idiomas, enseñando la fe cantada a nuevas generaciones en iglesias de todo el mundo.