Todo movimiento carismático enfrenta el mismo dilema: cómo equilibrar el fuego del Espíritu con el orden de la vida en comunidad. El inglés Donald Gee dedicó su vida a esa pregunta y es recordado hasta hoy como el Apóstol del Equilibrio.
Nacido en Londres en 1891, perdió a su padre siendo aún niño y creció en un hogar cristiano modesto, sostenido principalmente por su madre. En 1905, a los catorce años, se convirtió en una reunión del evangelista galés Seth Joshua, uno de los pocos frutos de aquella campaña.
Durante la Primera Guerra Mundial, se registró como objetor de conciencia y se negó al alistamiento militar, trabajando en granjas del interior de Inglaterra. Él mismo llamaría después a ese período un colegio dispuesto divinamente, que preparó su espíritu para el ministerio.
En 1920 se convirtió en pastor de una iglesia en Leith, Escocia, y pronto se involucró en la formación de las Asambleas de Dios de Gran Bretaña e Irlanda, fundadas en 1924. Desde entonces, comenzó a viajar por cinco continentes como maestro itinerante de la Biblia.
En 1928, camino a Australia, escribió Concerning Spiritual Gifts, obra que se convertiría en referencia para que las iglesias pentecostales discutieran dones como las lenguas, la sanidad y la profecía con madurez, sin apagarlos ni exagerar su práctica.
Ayudó a organizar la primera Conferencia Pentecostal Mundial, en Zúrich, en 1947, y editó durante casi veinte años la revista que conectaba a pentecostales de decenas de países. A los sesenta años, asumió sin salario la dirección del colegio bíblico de las Asambleas de Dios en Kenley.
Su disposición para dialogar con líderes de otras tradiciones, incluso en la campaña de Billy Graham en Londres y en círculos ligados al Consejo Mundial de Iglesias, le valió duras críticas de parte del propio movimiento pentecostal, que veía en ello un riesgo de dilución doctrinal. En 1961 llegó a ser invitado como observador en la Asamblea de Nueva Delhi del Consejo Mundial de Iglesias, pero la presión de líderes pentecostales estadounidenses lo llevó a rechazar la invitación. Gee mantuvo la postura de diálogo, convencido de que el aislamiento no era sinónimo de fidelidad.
Murió repentinamente en 1966, dentro de un taxi en Londres. Su enseñanza de que los dones del Espíritu necesitan orden para edificar, y no confundir, sigue orientando a iglesias pentecostales y carismáticas que hoy avanzan en campos misioneros alrededor del mundo.