Pocos cristianos hoy pensarían dos veces antes de elegir ser bautizados por convicción propia. Para Félix Manz esa elección le costó la vida: fue ahogado en el río Limmat, en Zúrich, por magistrados que también se declaraban reformados.
Manz nació hacia 1498 en Zúrich, hijo ilegítimo de un canónigo del Grossmünster, la principal iglesia de la ciudad. Recibió una educación poco común para la época, con dominio del hebreo, el griego y el latín, lo que le permitió estudiar las Escrituras en los idiomas originales.
Se convirtió en discípulo de Ulrico Zuinglio, el reformador al frente de la Reforma en Zúrich desde 1519. Cuando Conrad Grebel se unió al grupo, hacia 1521, los dos se hicieron amigos y comenzaron a cuestionar juntos la misa y el bautismo de los recién nacidos.
Después de la Segunda Disputa de Zúrich, en 1523, Manz y Grebel concluyeron que Zuinglio había cedido demasiado ante las presiones del consejo de la ciudad. Para ellos, solo la fe personal y consciente, no la costumbre heredada al nacer, debía abrir la puerta del bautismo. El grupo también defendía el fin del pago de diezmos e intereses, tema que los magistrados de Zúrich trataban no solo como divergencia religiosa, sino como amenaza al orden social y económico de la ciudad, y Zuinglio llegó a llamar públicamente a Manz campesino rebelde y obstinado.
El 21 de enero de 1525, en la casa de la madre de Manz, Jorge Blaurock pidió ser bautizado por Grebel y después bautizó a otros presentes. Ese gesto sencillo dio origen a la Hermandad Suiza, el primer grupo anabautista organizado de la Reforma.
Manz siguió bautizando adultos y predicando en aldeas alrededor de Zúrich incluso después de que el consejo prohibiera la práctica, algo que las autoridades entendieron como un desafío deliberado al orden público. Fue apresado varias veces entre 1525 y 1527 por esa insistencia.
El 7 de marzo de 1526 el consejo de Zúrich decretó que rebautizar a adultos sería castigado con la muerte por ahogamiento, una sentencia de macabra ironía contra quien predicaba el bautismo. Manz fue el primero en sufrirla, el 5 de enero de 1527, mientras su madre lo exhortaba desde la orilla del río a permanecer firme.
La muerte de Manz no puso fin al movimiento que ayudó a comenzar. Expuso, ya en el siglo XVI, que los reformadores podían perseguir a otros cristianos con la misma dureza que condenaban en Roma, y dejó como legado la convicción de que la fe nace de una decisión personal, no de un decreto del Estado.