Hay personas que tienen casi todo, riqueza, prestigio, una familia numerosa, el favor del jefe, y aun así un solo desaire logra arruinarles el día entero. Es fácil reírse de esa fragilidad en los demás y difícil reconocer en ella un espejo. La historia de Amán es el retrato ampliado de ese veneno: lo que el resentimiento no tratado es capaz de hacer con un corazón.
Amán era descendiente de Agag y llegó a la cima de la corte persa. El rey Jerjes lo ascendió a una posición superior a la de todos los demás nobles (Ester 3:1). Bastaba que los oficiales del palacio se postraran ante él, y todos obedecían, excepto un judío llamado Mardoqueo.
Esa única negativa consumió a Amán. No quiso castigar solo a Mardoqueo: decidió exterminar a todo el pueblo judío del imperio, echó suertes para fijar el día y convenció al rey de firmar el decreto (Ester 3:6; 3:13). En casa, rodeado de riqueza y diez hijos, confesó a sus amigos que nada de eso le daba paz mientras Mardoqueo siguiera vivo.
Su esposa Zeres le sugirió levantar una estaca para empalarlo, y Amán aprobó la idea de inmediato (Ester 5:14). Aquella misma noche, sin embargo, el rey, sin poder dormir, mandó leer las crónicas del reino y descubrió una deuda olvidada con Mardoqueo, quien una vez le había salvado la vida.
A la mañana siguiente el rey preguntó a Amán cómo honrar a un hombre, y Amán, seguro de que hablaban de él, sugirió vestiduras reales y un desfile público. Le tocó a él mismo conducir a Mardoqueo por las calles de Susa, proclamando en voz alta el honor que había planeado para sí mismo (Ester 6:6-11).
En el banquete siguiente, la reina Ester reveló al rey quién conspiraba contra su pueblo: “el adversario y enemigo es Amán, este malvado” (Ester 7:6). La furia del rey fue inmediata, y Amán fue empalado en la misma estaca que había preparado para Mardoqueo (Ester 7:10). Sus diez hijos murieron después, y sus bienes pasaron a manos de aquellos a quienes había querido destruir.
El libro de Ester nunca menciona el nombre de Dios, pero la caída de Amán es, por el contrario, la prueba de que él actúa entre bastidores. Un hombre poderoso cayó por causa de la envidia no tratada en su propio corazón, y esto le recuerda al lector de hoy que el resentimiento alimentado en secreto crece hasta destruir a quien lo guarda. Y recuerda también que, aun cuando parece que los enemigos del pueblo de Dios están ganando, la historia todavía no ha terminado.