Todos, en algún momento de dolor, se han preguntado por qué esto me está pasando a mí si no hice nada malo. Es la pregunta más honesta que existe frente al sufrimiento sin explicación, y es exactamente esa pregunta la que la vida de Job coloca en el centro de la Biblia.
Job era un hombre íntegro, temeroso de Dios, dueño de rebaños enormes y padre de diez hijos (Job 1:1-3). No había razón humana para lo que sucedió después: en un solo día, perdió los bienes, los siervos y a todos sus diez hijos, en una sucesión de desastres (Job 1:13-19).
Aun destruido, Job no culpó a Dios: “El Señor ha dado; el Señor ha quitado. ¡Bendito sea el nombre del Señor!” (Job 1:21). Poco después, una segunda prueba golpeó su propio cuerpo, cubriéndolo de llagas de la cabeza a los pies (Job 2:7).
Tres amigos vinieron a consolarlo, pero el consuelo se convirtió en acusación: insistían en que tanto sufrimiento solo podía ser castigo por un pecado oculto. Job discrepó, protestó su inocencia y, en momentos de desesperación, cuestionó la justicia de Dios (Job 3; Job 10:1-3).
En medio del dolor, sin embargo, también dijo algo sorprendente: “Yo sé que mi redentor vive, y que al final triunfará sobre la muerte” (Job 19:25). Una esperanza que no venía de explicaciones, porque las explicaciones nunca llegaron.
Cuando Dios finalmente habló, no respondió a la pregunta “por qué”. Le mostró a Job la grandeza de la creación y el tamaño de la propia ignorancia humana ante ella (Job 38-41). Job se calló, no convencido por argumentos, sino confrontado por la presencia de Dios.
Al final, Dios restauró la vida de Job, duplicando lo que tenía antes (Job 42:10-17). Pero la restauración no anuló los meses de silencio ni las preguntas sin respuesta que vinieron antes de ella.
La historia de Job no promete que todo dolor tendrá explicación en esta vida. Promete algo más difícil de aceptar y más verdadero: que es posible confiar en Dios aun sin entender lo que él está haciendo, porque él sigue siendo Dios antes, durante y después de la respuesta.