Todos alguna vez quisimos estar más cerca de alguien importante, un mentor, un líder, alguien a quien admiramos, y al mismo tiempo luchamos contra el deseo de ser reconocidos por eso. Juan, hijo de Zebedeo, vivió este mismo impulso muy de cerca: llegó a ser llamado “el discípulo a quien Jesús amaba”, y aun así cargó, por años, con una ambición que tuvo que ser confrontada.
Pescador en Galilea, hijo de Zebedeo y hermano de Jacobo, Juan dejó las redes en el mismo instante en que Jesús lo llamó, junto al lago (Marcos 1:19-20). Jesús les dio a él y a Jacobo el apodo de Boanerges, hijos del trueno (Marcos 3:17), un retrato del temperamento intenso de los dos hermanos.
Ese temperamento se manifestó cuando Juan quiso hacer caer fuego del cielo sobre un pueblo samaritano que rechazó a Jesús (Lucas 9:54), y cuando él y su hermano pidieron los lugares de honor en el reino (Marcos 10:35-37). Jesús no los rechazó por eso; les enseñó que la grandeza, en su reino, es servir.
Aun así, Juan fue uno de los tres discípulos más cercanos a Jesús, testigo de la Transfiguración y de Getsemaní. En la Última Cena, se reclinó a su lado (Juan 13:23). Junto a la cruz, cuando los demás huyeron, él permaneció, y recibió de Jesús el cuidado de María, su madre (Juan 19:26-27).
En la mañana de la resurrección, corrió con Pedro hasta el sepulcro vacío, llegó primero y creyó (Juan 20:2-8). Después, junto a Pedro, enfrentó al Sanedrín con una audacia que impresionó a los líderes religiosos (Hechos 4:13). Al final de su vida, exiliado en la isla de Patmos, recibió la visión registrada en el Apocalipsis (Apocalipsis 1:9).
La trayectoria de Juan muestra que el celo y la ambición no descalifican a nadie para el llamado de Dios, solo necesitan ser moldeados por él. El mismo hombre que quiso hacer caer fuego del cielo se convirtió en el apóstol que más escribió sobre el amor.
Esto dice algo sobre quien sigue a Jesús hoy: nuestros impulsos más fuertes, orgullo, prisa, deseo de reconocimiento, no son el final de la historia. En las manos correctas, el mismo fervor que erra el blanco puede convertirse en la marca más duradera de una vida.