Toda vida marcada por una pérdida muy temprana aprende, de una forma u otra, a buscar sentido donde parecía no haber ninguno. Laura Montoya tenía apenas dos años cuando su padre fue asesinado durante una guerra civil en Colombia, y la infancia que siguió fue de pobreza y trabajo. Fue de ese comienzo difícil, y no de un camino fácil, que nació una de las misioneras más decididas de la historia latinoamericana.
Nacida en Jericó, en la región de Antioquia, el 26 de mayo de 1874, Laura se formó como maestra en la Escuela Normal de Institutoras de Medellín y enseñó en diversas ciudades colombianas por más de una década. En 1907, ya maestra experimentada en Marinilla, sintió un llamado insistente hacia lo que ella misma llamaba la obra de los indios.
El 5 de mayo de 1914, con el apoyo del obispo Maximiliano Crespo, partió de Medellín con cinco compañeras, entre ellas su propia madre, rumbo a Dabeiba, en el interior de las selvas colombianas. Allí, el 14 de mayo, fundó oficialmente la Congregación de Misioneras de María Inmaculada y Santa Catalina de Siena, decidida a vivir entre los pueblos indígenas en lugar de solo visitarlos.
Su método era inusual para la época: aprender primero la lengua y las costumbres de cada pueblo antes de anunciar el evangelio, respetando lo que ella llamaba los afectos más entrañables de cada cultura. Esa elección también le trajo oposición dentro de la propia Iglesia: un prefecto apostólico llegó a acusarla de gobernar la congregación sin consultar a nadie y de actuar por vanidad en las cartas en que relataba las misiones, acusaciones que una investigación del Nuncio Apostólico terminó por no confirmar.
Pasó los últimos nueve años de vida en silla de ruedas, sin dejar de escribir y orientar a las hermanas por carta. Murió en Medellín el 21 de octubre de 1949, dejando 90 casas y 467 religiosas de la congregación en tres países de Sudamérica. Fue beatificada en 2004 y canonizada por el papa Francisco en 2013, convirtiéndose en la primera santa colombiana.
La vida de Laura Montoya recuerda que el llamado de Dios rara vez respeta los límites que una época impone a quien lo recibe, ni la orfandad de la infancia, ni el hecho de ser mujer en una Iglesia que aún no le abría ese espacio. Su insistencia en aprender antes de enseñar sigue siendo un examen de humildad para toda misión que hoy pretende ser fiel al evangelio y al prójimo.