Sarah Hall nació en 1803 en Alstead, en el interior de Nueva Hampshire, hija de una familia humilde que no podía costear su educación. Autodidacta, aprendió a leer y escribir en casa mientras ayudaba a criar a sus hermanos menores.
Aún joven, se conmovió con la muerte del misionero James Colman en Birmania y escribió un poema en su homenaje. Los versos llamaron la atención del seminarista George Dana Boardman, que también se preparaba para servir en ese país; se casaron en julio de 1825.
Dos semanas después de la boda, embarcaron hacia la India. Retenidos por más de un año en Calcuta a causa de la guerra angloburmana, solo llegaron a Maulmain, en Birmania, en 1827. En 1828 se mudaron a Tavoy, entre el pueblo karen.
Sarah abrió y mantuvo escuelas para niños y niñas karen, con maestros nativos, y comenzó a acompañar a su esposo en los viajes de predicación por la selva. De los tres hijos que tuvo con Boardman, dos murieron siendo pequeños. En 1831, George murió de tuberculosis, dejándola viuda a los 27 años, lejos de su tierra natal.
Contrariando la costumbre de la época, según la cual la viuda misionera debía volver a casa, Sarah permaneció sola en Tavoy durante tres años, reconstruyendo las escuelas y sosteniendo a la pequeña iglesia karen.
En 1834 se casó con Adoniram Judson y se mudó a Moulmein. En esa época, su hijo mayor, George Dana Boardman Jr., aún niño, fue enviado a los Estados Unidos para estudiar; madre e hijo no volverían a verse. A pedido de su nuevo esposo, Sarah se dedicó a estudiar el peguan, lengua del pueblo mon, y a esa lengua tradujo el Nuevo Testamento, tratados evangélicos y la obra de su esposo sobre la vida de Cristo.
También tradujo al birmano la primera parte de El progreso del peregrino, de John Bunyan, y organizó un himnario. De los ocho hijos que tuvo con Judson, tres murieron siendo pequeños. Después del nacimiento del último, en diciembre de 1844, su salud, ya debilitada por episodios recurrentes de disentería, no resistió.
Embarcó con su esposo y los tres hijos mayores rumbo a los Estados Unidos, pero murió en el trayecto, el 1 de septiembre de 1845, y fue sepultada en la isla de Santa Elena. Su permanencia voluntaria en el campo, aun viuda y enlutada, y las pérdidas que atravesó en medio del trabajo siguen siendo un testimonio de perseverancia para los misioneros hasta hoy.