Casi todos hemos vivido el momento en que recibimos algo demasiado bueno para creerlo y, en vez de confiar, corremos a asegurarlo por la fuerza. Fue exactamente ahí donde Jeroboán se equivocó: recibió un reino de manos de Dios y lo perdió tratando de protegerlo con sus propias manos.
Jeroboán era efrainita, hijo de la viuda Zerúa, y servía como oficial de Salomón, encargado del trabajo forzado (1 Reyes 11:26,28). Por causa de la idolatría de Salomón, el profeta Ahías lo encontró en el camino, rasgó el manto en doce pedazos y anunció: “Toma diez pedazos, pues así dice el Señor, el Dios de Israel: Voy a arrancar el reino de las manos de Salomón y te daré a ti diez tribus” (1 Reyes 11:31). Amenazado de muerte, huyó a Egipto.
Con la muerte de Salomón, su hijo Roboán heredó el trono y endureció el yugo sobre el pueblo. El reino se rompió, y las diez tribus del norte hicieron a Jeroboán rey de Israel (1 Reyes 12:20).
Fue entonces cuando la promesa se convirtió en miedo. Temiendo que el pueblo, al subir a Jerusalén para adorar, volviera a apegarse a la casa de David, Jeroboán hizo dos becerros de oro y dijo: “Aquí están sus dioses, Israel, que los sacaron de Egipto” (1 Reyes 12:28). Nombró sacerdotes que no eran levitas y creó fiestas propias.
Un profeta fue enviado para condenar el altar de Betel delante de él; el altar se resquebrajó y la mano del rey quedó paralizada al intentar apresarlo. Aun después de esa señal, Jeroboán no se volvió atrás (1 Reyes 13:1-6,33-34).
Años después, con el hijo gravemente enfermo, Jeroboán disfrazó a su esposa para consultar al mismo Ahías, ya viejo y ciego. El profeta la reconoció por sus pasos y anunció la muerte del niño y el fin de la dinastía (1 Reyes 14:1-16).
Jeroboán reinó veintidós años, siempre en guerra con Roboán (1 Reyes 14:20,30). Décadas después, la Biblia todavía describía a otros reyes de Israel con la misma frase: “anduvo en todos los caminos de Jeroboán hijo de Nabat, y en su pecado con que hizo pecar a Israel” (1 Reyes 16:26).
La pregunta que queda para el lector de hoy es simple: cuando Dios nos da algo bueno, ¿confiamos en él para sostenerlo, o fabricamos nuestra propia garantía? La idolatría rara vez cambia de dios; solo cambia de forma.