Corinto fue una de las ciudades más ricas y bulliciosas del Imperio Romano en el siglo primero, capital de la provincia romana de Acaya.
Se encontraba en el istmo estrecho que une el Peloponeso con el resto de Grecia, con un puerto en cada mar. Esto la convertía en un cruce obligatorio de comercio y gente venida de todas partes del imperio.
La ciudad ya era famosa desde siglos atrás por su riqueza y su permisividad moral, fama que atravesó la reconstrucción romana y los Juegos Ístmicos que se celebraban allí.
Fue en esa ciudad cosmopolita y difícil donde Pablo llegó, hacia el año 51 d. C., viniendo de Atenas, y conoció al matrimonio de Aquila y Priscila.
Pablo pasó un año y medio enseñando y formó allí una iglesia. Llegó a ser llevado ante el tribunal del procónsul Galión, quien se negó a juzgar el caso, un episodio que ayuda a fechar con precisión el ministerio del apóstol.
En los años siguientes esa iglesia viviría divisiones, orgullo espiritual y problemas morales, los mismos que Pablo aborda con firmeza y amor en dos cartas del Nuevo Testamento.
Corinto muestra que el evangelio puede formar una iglesia viva incluso en el terreno más desafiante.
