Damasco es una de las ciudades más antiguas del mundo habitadas sin interrupción, en la región que hoy es Siria. Ya existía en los tiempos de Abraham, casi dos mil años antes de Cristo, y atravesó toda la historia bíblica hasta el Nuevo Testamento.
En el Antiguo Testamento fue la capital del reino arameo, rival constante de Israel y Judá. Reyes como Ben Adad y Jazael gobernaron desde allí guerras que marcaron generaciones enteras.
El profeta Eliseo estuvo en Damasco y allí le reveló a Jazael que se convertiría en rey, cumpliendo un juicio que Dios ya había anunciado contra la casa de Acab.
Pero es en el libro de Hechos donde Damasco gana su lugar más conocido en la fe cristiana. Fue allí, en el camino y luego dentro de la ciudad, donde Saulo de Tarso encontró a Jesús resucitado y se convirtió en el apóstol Pablo.
Ciego, dependiente y quebrantado, Pablo pasó por Damasco de perseguidor a predicador. La misma ciudad que casi lo mató fue donde recibió de vuelta la vista y el llamado para anunciar a Cristo entre los gentiles.
Damasco recuerda que Dios puede transformar hasta el corazón más resistente, y que sus planes siguen firmes aun cuando reinos e imperios suben y caen a su alrededor.
